
El sacerdote aregntino Christian Von Wermich fue condenado a cadena perpetua por los delitos de asesinato y genocidio perpetrados durante la dictadura militar argentina. Von Wermich, quien era el capellán de la policía bonaerense, fue encontrado culpable de participar activamente en secuestros, torturas y asesinatos organizados por la policía. Según el diario El País, "Von Wermich explotó su condición de sacerdote católico para lograr un acercamiento engañoso a las víctimas, se permitió bromear sobre el sufrimiento con personas que acababan de ser torturadas e incluso en una ocasión su traje fue salpicado con la sangre de la víctima de una ejecución."
Durante su alegato final, Von Wermich apeló a los evangelios, al Papa, al perdón y a la reconciliación, pero nunca dijo que era inocente de los horrendos crímenes de los que fue acusado. Antes del juicio el afirmó que durante las visitas a los centros de detención nunca fue testigo de abusos o faltas a los derechos humanos. Sin embargo, durante el juicio se negó a responder las preguntas referidas al tema.
Von Wermich escapó de la justicia durante muchos años debido a una ley injusta que impedía llevar a juicio crímenes perpetrados durante la dictudura. Felizmente esa ley fue revocada el 2005. Von Wermich fue destituido de su puesto en 1985 y luego de varios años de anonimato fue descubierto en 2003 por la prensa mientras celebraba misa en una localidad costera chilena, donde oficiaba de párroco bajo una identidad falsa.
La Conferencia Episcopal Argentina se lavó las manos diciendo que, aunque Von Wermich era sacerdote, todos esos crímenes los realizó a título personal y bajo su entera responsabilidad. Sin embargo, otro sacerdote que dio testimonio durante el juicio reconoció que "la iglesia no mató, pero tampoco salvó." Además, se reconoció que algunas autoridades del clero aceptaban la dictadura como voluntad de Dios y estaban más cerca de los crucificadores que de los crucificados. Aunque muchos miembros del clero lucharon abiertamente por la defensa de los derechos humanos, el silencio oficial de la iglesia ha dejado una mancha oscura que será difícil de limpiar.
La historia de Von Wermich es una historia en donde la maldad humana y la falta de solidaridad se juntan para dar a luz un pacto de sangre, desolación y muerte. Por un lado aparece la violencia descarnada que nace del choque frontal de ideologías que olvida la hermandad humana y el respeto por el prójimo; y por el otro lado está la ideología de la indiferencia, del dar la espalda sin compasión, del mantenerse al margen, del pensar equivocadamente que cerrando los ojos la realidad, ella desaparecerá para siempre. Ambas actitudes son condenables moral y espiritualmente.
Es triste pero necesario reconocer que la historia de Von Wermich no es única. Nuestra turbulenta historia mundial está llena de personajes que no supieron respetar a sus congéneres. Los protagonistas de esas dolorosas historias están en todo el espectro de las innumerables vías por las que los hombres y las mujeres transitan. Los encontramos en las anchas carreteras de la política, en los angostos caminos religiosos, y también en las calles privadas de las familias. Son, por ejemplo, los tiranos que mataron sin compasión a sus compatriotas, o los padres que sin respeto alguno destruyeron las vidas de sus propios hijos.
Cuanto cuidado debemos tener para no dejarnos llevar completamente por las pasiones y las ideas de nuestros tiempos; y debemos tener aún mayor cuidado al pensar que el éxito y el aparente respeto y aprobación social puedan ser sinónimos de que estamos haciendo las cosas correctamente. Por allí circulan muchos "ricos" que han conseguido su riqueza haciendo pobres a otros. Por allí circulan muchos que han conseguido su “felicidad” aplastándoles la dicha a los demás. Por allí hay muchos que proclaman su propia “libertad” al precio de la esclavitud de los que les siguen. Por eso es necesaria mucha sinceridad para ver si nuestros proclamados paradigmas de bienestar están produciendo frutos de rectitud y prosperidad también entre los que nos rodean, y que nuestra supuesta cordura está moldeando también la sensatez de los que viven con nosotros. Y por sobre todas las cosas, es necesaria también mucha sinceridad para escuchar la voz de Dios y someternos a sus mandamientos. Es terrible cuando las luces brillantes de la temporalidad y del supuesto triunfo personal encandilan la voz de Dios en nuestra conciencia.
El caso de Von Wermich debe hacernos considerar nuestras propias debilidades. Por eso, quisiera invitar a que rindamos ante Jesucristo toda nuestra autoridad y popularidad, que le pidamos que fortalezca en su amor y conocimiento toda nuestra responsabilidad. Nuestro Señor está más que capacitado para ayudarnos en medio de todas nuestras responsabilidades porque Él está sentado a la Diestra de Dios Padre “muy por encima de todo gobierno y autoridad, poder y dominio, y de cualquier otro nombre que se invoque, no sólo en este mundo sino también en el venidero. Dios sometió todas las cosas al dominio de Cristo, y lo dio como cabeza de todo a la iglesia. Ésta que es su cuerpo, es la plenitud de aquel que lo llena todo por completo” (Ef.1.21-22).