Yuyaychacuna

diciembre 15, 2005

Pésima Publicidad Navideña

Oxford, 15 de Diciembre de 2005

Tengo entre mis manos una revista de vida social. Es una de esas que está llena de fotos de los ricos y famosos, y de “plus“ cientos de páginas de publicidad con lo mejor de lo mejor. Lo que más me llamó la atención fueron dos reportajes publicitarios de dos eventos benéficos organizados para recaudar fondos para la investigación de dos enfermedades. En una de ellos había una foto muy grande llena de estrellas del cine, la televisión y la música. Una frase en el encabezado dice: “De seguro puedes reconocerlos.” Sin temor a equivocarme creo que podía reconocer al 75% de los famosos fotografiados, y eso que eran unos 50. Debajo de la foto había un llamado a unirse a la causa siguiendo el ejemplo de las rutilantes y populares estrellas.

En el segundo reportaje, otra tanda de famosos aparece sonriente y disfrutando de una velada en uno de los locales más exclusivos de Nueva York. Esa cena que fue a beneficio de la investigación para la cura de otra enfermedad, también había atraído un considerable número de donaciones que alcanzó los varios millones de dólares en esa sola noche.

Es indudable que una buena publicidad puede generar más que beneficios en nuestra querida humanidad. No hay compañía a la que no interese vincularse publicitariamente con personaje muy conocido que le permita subir sus ventas y lograr la aceptación de sus productos. De esto afán publicitario no se escapan ni los políticos, y aun las iglesias también se han servido de las “estrellas” para obtener agua para su molino.

Por todo lo dicho anteriormente, yo me pregunto, ¿Quién le estuvo aconsejando al Señor cuando decidió anunciar el nacimiento de su Hijo en la humanidad? A todas luces, desde nuestro punto de vista muy humano, todo el proceso fue una pésima campaña publicitaria. En primer lugar, Jesús fue a nacer a un establo debido a que no se tomaron las providencias del caso para hacer una reservación adecuada en la mejor posada del lugar. ¿Cómo es esto posible? De hecho, Belén no podía haber sido mejor elegida. Allí había nacido el gran rey David, y Jesús como su descendiente estaba allí para cumplir la profecía de la antigüedad. Sin embargo, los que se dejaron extrañar fueron las autoridades del lugar. Me imagino que debieron estar presentes el alcalde, algunas autoridades religiosas, de seguro algún centurión romano, algún embajador del rey Herodes. Desgraciadamente, ninguno de ellos fue informado del acontecimiento. Bueno, qué podemos esperar, si ni siquiera los dueños de la posada tuvieron algo de compasión con la pobre María y su delicado estado.

Algo tiene que haber estado andando mal en el cielo. La multitud de ángeles encargados de anunciar el nacimiento del Mesías se deben haber perdido ya que terminaron haciendo su presentación del nacimiento del Hijo de Dios ante un grupo ínfimo de pobres pastores desprevenidos y asustados. Lo peor de todo es que, de acuerdo con algunos estudiosos, este tipo de pastores de la Palestina antigua no gozaba de muy buena reputación. Al parecer, ellos tenían fama de trampositos, personas que no solían hacer negocios muy limpios. Según las leyes de su tiempo, estos pastores estaban prohibidos de dar testimonio en los tribunales, ya que eran considerados poco confiables. Pues sí, mis queridos amigos, a ellos, únicamente a ellos, el Señor les da testimonio del nacimiento de su Hijo. El evento más glorioso de la humanidad, preparado desde antes de la fundación del mundo es anunciado angelicalmente sólo a este grupo de posibles facinerosos que no tenían la más mínima ascendencia social. A ellos la corte celestial en pleno se les aparece para decirles en solemne armonía:

“Gloria a Dios en las alturas,
y en la tierra paz a los que gozan de su buena voluntad”
(Lc.2.14)

¿Puede Dios equivocarse en su presentación? De ninguna manera. Entonces, ¿Cómo podemos entender tan aparente pésima publicidad? Yo creo que el Señor nos quiso enseñar que su identificación con la humanidad empieza desde sus mismísimas bases, desde todos aquellos que podrían sentirse fuera de los linderos de la aceptación social. Desde allí, el Señor intencionalmente empieza su plan publicitario. No en vano, algunos años más tarde, el apóstol Pablo tiene que recordarle a sus exquisitos discípulos de la elegante Corinto cuál es el orden de prioridades de Dios, cuando les dice: “Hermanos, consideren su propio llamamiento: No muchos de ustedes son sabios, según criterios meramente humanos; ni son muchos los poderosos ni muchos los de noble cuna. Pero Dios escogió lo insensato del mundo para avergonzar a los sabios, y escogió lo débil del mundo para avergonzar a los poderosos. También escogió Dios lo más bajo y despreciado, y lo que no es nada, para anular lo que es, a fin de que nadie en su presencia pueda jactarse” (1 Corintios 1.26-29).

Hay muchos cuadros preciosos de un Jesús recién nacido y todavía en el establo, pero ya sentadito y con casi una posición regia y una mirada condescendiente y sabia. Por el bien de mi bien intencionada, pero bien equivocada publicidad, quisiera que las cosas hubieran sido así. Pero no hay testimonios en Belén del nacimiento de un niño con dotes sobrenaturales en ese tiempo. Nadie cuenta de un bebé con actitudes de adulto. Por el contrario, el ángel les dijo a los pastores que encontrarían al niño, “envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc. 2.12). Cuando ellos corrieron a Belén, fue justo lo que encontraron. “Así que fueron de prisa y encontraron a María y a José, y al niño que estaba acostado en el pesebre” (Lc. 2.16). Todo era como se los habían predicho, ni más ni menos. Todo había sido tan natural, que cuando los pastores contaron todo lo que habían visto y oído, José y María se asombraron y no hicieron comentario alguno al respecto. Tanto así que, “María, por su parte, guardaba todas estas cosas en su corazón y meditaba acerca de ellas” (Lc. 2.19).

La primera parte del evento más grande de toda la historia de la humanidad llegaba a su fin con absoluta sencillez. Nunca llegaron los sacerdotes principales, ni las autoridades del lugar, ni las estrellas del momento. La vida siguió su curso, y la publicidad de Dios cumplió su cometido. Los pastores no se convirtieron en profetas o apóstoles después de estos memorables sucesos. Simplemente, ellos volvieron a sus mismas tareas. Lucas nos cuenta que, “Los pastores regresaron glorificando y alabando a Dios por lo que habían visto y oído, pues todo sucedió tal como se les había dicho” (Lc. 2.20). El Señor considero en su gracia conceder que estas personas indignas de confianza humana sean los únicos testigos de excepción de su obra sobrenatural. Ellos, de manera personal, fueron honrados sin mayor compromiso de por medio más que el ser enaltecidos con ese privilegio. Estos pastores, sin nombre ni apellido, fueron los primeros en saber que Jesús el Cristo, el Salvador de la humanidad, ya estaba entre los hombres. Ellos tuvieron el privilegio de gozar de una visión sublime de una multitud de ángeles celestiales que alababan a Dios. Ellos no efectuaron ningún rito delante de Jesús, ni tampoco se nos dice que tuvieron una actitud de reverencia especial o sobrecogimiento místico. Ellos simplemente fueron lo que eran, sin ropajes ni apariencias. Y así el Señor los consideró dignos de tal privilegio.

Muchos nos quejamos en estas fiestas que Jesús es el gran olvidado de las navidades. Y es cierto. Las grandes campañas de publicidad que nos ahogan en estas fechas “navideñas”, no tienen ningún interés en recordarnos el memorable nacimiento de Jesús. Y bueno, tampoco a Dios le preocupó publicitarlo en grande, sino en la privacidad del corazón.

Quizás sería bueno recordar en este momento que desde nuestra sencillez y anonimato el Señor nos tiene siempre presente. Sería bueno considerar que Jesús no vino para condenarnos, sino para salvarnos. Finalmente, sería bueno recordar lo que Dios le hizo ver al profeta Samuel, un milenio antes que naciera Jesús, “... La gente se fija en las apariencias, pero yo miro fijo en el corazón” (1 Samuel 16.7b).

¡Feliz navidad!

Pepe Mendoza