Yuyaychacuna

febrero 27, 2007

¿Recién nos Damos Cuenta?


Desde hace un par de semanas la prensa ha dedicado bastante tinta la nacimiento de Amillia Taylor, una niña que nació prematuramente con tan sólo 21 semanas. Ella sólo pesaba 284 gramos y medía 24 centímetros al nacer. Yo he querido esperar unos días para poder leer las reacciones del público británico. Desafortunadamente, el debate no se ha centrado en la eliminación del aborto, sino en el tiempo límite para efectuarlo. Entre todos los reportes, el testimonio del doctor Stuart Campbell es digno de citarse.


El doctor Campbell empezó la práctica médica en los sesentas y él cuenta que en esa época estaba horrorizado con la cantidad de muertes provocadas por abortos practicados en condiciones insalubres y sin la debida pericia médica. Él dice que esa horrenda visión lo llevó a aceptar con beneplácito la llegada de legalización en 1967 del aborto hasta las 28 semanas de gestación. Él dice: “Era tan molesto y traumático el ver a todas esas mujeres gravemente enfermas en las salas de los hospitales, que el concepto de la libre elección de las mujeres me parecía la más perfecta y sabia respuesta para prevenir todas esas agonizantes muertes.”

Como parte de su trabajo como doctor, el realizó muchos abortos y luego en 1990, él también le dio la bienvenida a la reducción legal del tiempo límite para abortar de 24 semanas. Nuevamente, Campbell consideró sabia la reducción, ya que era inviable científicamente que un nonato pudiera vivir antes de ese tiempo fuera del vientre materno.

Hoy el Dr. Campbell ha practicado la obstetricia por más de 40 años y ha sido profesor del King’s College of Medicine por muchos años, formando varias generaciones de médicos. Sin embargo, su percepción del aborto ha cambiado. Él dice, “Yo ciertamente no los haría ahora. Si me preguntaras si es que me siento remordimientos por lo que hice, yo no podría decirte que vivo con un tremendo sentido de culpa por mis acciones del pasado. Pero yo ahora se que terminar con la vida de un feto en un estado de gestación tan avanzado estuvo mal. Si la decisión fuera mía, yo reduciría el límite a 20 semanas. Para mí, es terriblemente ilógico y anti-ético que en salas contiguas del mismo hospital, un doctor esté luchando por salvar la vida de un bebé nacido a las 23 semanas, mientras otro está realizando un aborto a un bebé saludable de la misma edad.”

El reporte del Sunday Telegraph dice que lo que hizo cambiar de parecer al doctor Campbell fueron las estupendas imágenes de ultrasonido modernas. Ahora se puede ver con pasmosa claridad como un feto de tan sólo 12 semanas se chupa el dedo, bosteza y hasta “camina” en el vientre materno. Él doctor Campbell dice: “Por primera vez, el feto es capaz de hablar por si mismos. Y esto no lo podemos ignorar.”

La cantidad de abortos provocados practicados en todo el mundo, se estima en unos 50 millones al año, más de la tercera parte son ilegales y casi la mitad se realizan fuera de un establecimiento de salud. Cada año mueren a raíz de abortos ilegales o mal practicados de 100 mil a 200 mil mujeres. Ni los peores criminales de la humanidad han eliminado tantos seres indefensos en toda nuestra breve y "civilizada" historia (En sólo cuatro años se igualan a todas las muertes por las guerras del siglo pasado, y en veinticuatro días, se supera al total de las víctimas del holocausto nazi). No es mi intención entrar en polémicas o en discursos científicos acerca del inicio de la vida. Me ciño a lo que la Escritura señala y que nos da cuenta que Dios llama y conoce al hombre desde el vientre de su madre (Escúchenme, costas lejanas, oigan esto, naciones distantes: El Señor me llamó antes de que yo naciera, en el vientre de mi madre pronunció mi nombre.- Isaías 49.1).

Cuántas veces he escuchado justificar el aborto porque no es más que un simple coágulo de sangre. Y yo me pregunto: ¿No somos nosotros también coágulos de sangre, agua y otros materiales? Sí, el feto es un coágulo de sangre pero, mientras escribo estas palabras, yo lo soy también (aunque más desarrollado). Por lo tanto, el derecho del feto a vivir no se basa en su desarrollo física, o en su capacidad de valerse por sí mismo, sino en su dignidad intrínseca como ser humano espiritual desde su formación más simple. Hemos llegado al punto de pedirle a un feto que demuestre su humanidad, que es como pedirle a un bebé que se gane por sí mismo el biberón de leche. Esto es absolutamente inconcebible e inhumano. Todos vivimos en una mutua dependencia que nos hace ser humanos-dependientes de unos con otros. Podemos demostrar cierta libertad, cierto uso de nuestras decisiones voluntarias y gloriosamente personales, pero para poder conseguir mucho de lo que tenemos o deseamos, nos necesitamos mutuamente. La ropa que vestimos, fue realizada por otros; el tratamiento dental que lucimos, lo hizo otra persona; el viaje que tanto recuerdas, lo realizaste en un avión que fue diseñado por alguien, construido por otros, y piloteado por otros más. ¡Nada lo logramos en términos individuales solamente! Somos coágulos de sangre interdependientes.

Por otro lado, no quiero olvidar a las mujeres que dolorosamente tienen que llamarle "error" a las criaturas que llevan en su vientre. Cómo desconocer a las mujeres embarazadas producto de violaciones o incestos. Cómo olvidar a las jovencitas que perdieron la cabeza en un momento de apasionamiento. Podríamos enumerar miles de casos, cada uno más dramático que el otro. Pero, el Señor promete restauración para todo tipo de fracasos. No se puede solucionar un crimen con un crimen mayor. El Señor dice: "Soy yo mismo el que los consuela. ¿Quién eres tú, que temes a los hombres, a simples mortales, que no son más que hierba? " (Is. 51.12). Muchas personas llegan a esta decisión dramática porque se siente solas e indefensas, porque sienten que todo está en su contra y que todo está perdido. Sin embargo, el Señor dice: “... contenderé con los que contiendan contigo, y yo mismo salvaré a tus hijos” (Is. 49.25b). Justamente, nuestro Señor Jesucristo fue a la cruz del calvario, no para hacer más pesado nuestro drama o para condenarnos ante la gravedad de nuestras faltas. El fue a la cruz llevando nuestros fracasos, nuestras rebeliones, nuestras necedades. El murió por nosotros, para que nadie más tenga que morir, y menos un inocente que muere injustamente. Si mereciendo la muerte, nos dio la vida, como nosotros podremos eliminar en nombre de nuestra vida a un inocente cuya vida depende absolutamente de nosotros. "Él fue traspasado por nuestras rebeliones, y molido por nuestras iniquidades; sobre él recayó el castigo, precio de nuestra paz, y gracias a sus heridas fuimos sanados " (Is. 53.5).

Termino esta reflexión con las palabras del filósofo español Julián Marías : "¿Qué es lo más grave que ha ocurrido en el siglo XX? ... es la aceptación social del aborto. Que eso parezca un derecho, que eso parezca moral, eso es lo que no había ocurrido nunca y es lo más grave que ha ocurrido en el siglo XX, incluido todo, lo que es mucho". Sin embargo, no quiero terminar negativamente porque el cristianismo es luz y victoria, y no oscuridad y derrota. Todavía podemos encontrar la luz al final del túnel, todavía podemos vencer aunque pareciera que ya estamos derrotados. Isaías le aconsejaba así a los hombres y mujeres de su tiempo: “ ... Aunque camine en la oscuridad, y sin un rayo de luz, que confíe en el nombre del SEÑOR y dependa de su Dios” (Is. 50.10). Finalmente, si respetamos la vida, y luchamos por preservarla, si nos ponemos en las manos del dador de la vida para sostener otras vidas, entonces, podremos encontrar la promesa que Isaías escribió en nombre de Dios: “Sin duda, el SEÑOR consolará a Sión; consolará todas sus ruinas. Convertirá en un Edén su desierto; en huerto del SEÑOR sus tierras secas. En ella encontrarán alegría y regocijo, acción de gracias y música de salmos” (Is. 51.3)

febrero 12, 2007

¿Y SI NOS VOLVIÉRAMOS A RESPETAR?

“Así que en todo traten ustedes a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes. De hecho, esto es la ley y los profetas”
Jesucristo

Hace pocos días leía un ensayo acerca de la vida y la obra de Antonio Rosmini,[1] un sacerdote católico que vivió durante el siglo XIX. Después de su muerte en 1895, su obra fue condenada por el Santo Oficio al considerar que parte de su trabajo no se conformaba a la verdad católica. Fue Juan Pablo II quien durante su pontificado levantó el veto que había en contra de Rosmini y su obra.

Los intereses académicos de Rosmini no estaban en temas religiosos sino políticos, económicos y sociales. Su principal preocupación era la defensa de los derechos individuales y de propiedad. Él consideraba que las leyes y el estado deben proteger los derechos de los ciudadanos sin invadir su libertad individual, permitiéndoles ejercer de manera legítima su libre albedrío. La legitimidad del derecho inalienable sólo queda restringida por la ley moral y el respeto al derecho de los demás.[2] El autor del ensayo clarifica la definición de la palabra “derecho” citando a Isaiah Berlin, el famosos filósofo político, cuando dijo: “[El derecho] es el área dentro de la cual el sujeto (o el derecho)… es o debe ser dejado para que haga o sea lo que es capaz de ser o hacer, sin la interferencia de otras personas.”[3]

El respeto a la persona humana, y la consideración inalienable de su dignidad, libertad y libre albedrío son factores que una y otra vez hemos olvidado y pisoteado durante nuestra corta y sangrienta historia. Este respeto inviolable debería estar inmerso en nuestra antropología y deberíamos resaltarla en nuestra teología y praxis eclesial. Sin ir más lejos, este respeto se puede inferir en la relación de Dios con Adán y Eva en el jardín del Edén, en la encarnación de Jesucristo y en su muerte sustitoria, en donde Dios valora cada ser humano como digno de tamaño sacrificio, y en muchos otros pasajes que señalan con claridad que el Señor estima sobremanera a las criaturas creadas a su imagen y semejanza.

En un breve ensayo escrito en los setentas, Francis A. Schaeffer[4] comenta acerca del peligro de considerar al hombre como un mero accidente de la naturaleza que puede ser manipulado sin ningún respeto por su individualidad y valor trascendente. El arguye que es necesario considerar al hombre y a la mujer como seres autónomos, que aunque dependen y forman parte de la naturaleza y de la trama social, ellos también son capaces de tomar sus propias decisiones y cambiar el rumbo de sus vidas para bien o mal. Él dice: “El hombre no sólo es producto de ciertos condicionamientos [sociales o científicos]. El hombre tiene una mente; él existe como un ego, una entidad que se levanta y se puede distinguir de su ‘máquina’ corporal.”[5]

Si no reforzamos esta visión sagrada del respeto de cada vida humana desde la más débil a la más fuerte, desde su concepción hasta su muerte, desde sus más profundas semejanzas hasta sus más grandes diferencias, entonces estamos en peligro de caer en el error de creernos superiores o inferiores frente a otros seres humanos. Y las consecuencias que ambos pensamientos extremos traen consigo son funestas y han causado dolor, sangre y lágrimas a muchas generaciones de seres humanos.


[1] Mingardi, Alberto. A Sphere Around the Person: Antonio Rosmini on Property. Markets & Morality. Volume 7, Number 1. 2004.
[2] Ibid. 73
[3] Ibid. 73
[4] Schaeffer, Francis. Back to Freedom and Dignity. L’Abri Pamphlets. Inter-Varsity Press. USA. 1972
[5] Ibid. 37

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