Yuyaychacuna

julio 28, 2006

Autista Corporativo

El artículo de opinión escrito por el abogado chileno José Miguel Ried titulado ‘¿Responsabilidad Social Corporativa o Caridad con Dinero Ajeno?’1 me invita a presentar un punto de vista distinto al presentado por el autor. El señor Ried se opone a la noción moderna de empresa como participante activa y responsable en la sociedad y no sólo como productora de ganancias a sus accionistas. Para él, utilizar los recursos financieros (o de otra índole) para “ayudar a niños lisiados, promover la cultura o beneficiar a la comunidad donde opera” es “desviar” los fondos para apoyar a terceros que son ajenos a la propiedad de la corporación y, por lo tanto, fuera de la ley ya que, “El código civil nos indica que el objetivo de los socios es poner algo en común con el fin de repartirse las utilidades que provengan de ello. Nada más.”

Aunque el abogado reconoce que este nuevo modo de ver la empresa es un concepto moderno que está ganando cada vez más adeptos alrededor del mundo, él justifica sus apreciaciones en contra basándose dos argumentos principales. En primer lugar, el se basa en la muy gastada frase de Milton Friedman que señala que la obligación de un ejecutivo es producir la mayor cantidad de dinero para sus accionistas. La idea moderna de sociedad corporativa responsable no elimina la idea de Friedman sino que la enriquece con un contenido social que nunca debió estar ausente. Justamente el gobierno británico publicó un documento en el que Gordon Brown2, ministro de Finanzas, llega a decir, “Hoy en día, la responsabilidad social corporativa va más allá de la vieja filantropía del pasado – donar dinero para buenas causas al final del año fiscal… Ahora nosotros necesitamos movernos hacia desafiantes medidas de responsabilidad corporativa, donde nosotros juzguemos los resultados no sólo por el ingreso [financiero] sino también por sus resultados: la diferencia que nosotros hacemos al mundo en el que vivimos, y la contribución que nosotros hacemos para reducir la pobreza.”

En segundo lugar, el abogado hace un análisis de las leyes chilenas y llega a la conclusión que, “A simple vista toda acción corporativa que no esté orientada a maximizar los beneficios de los accionistas está prohibida.” Está muy claro que una empresa no tiene como objetivo legal dedicarse a la filantropía, pero tampoco podemos dejar atada a la empresa a un marco legal que ya no satisface los requerimientos de la sociedad en su conjunto y que es básicamente perfectible. Detrás del llamado a que las empresas asuman un rol social en las comunidades en que se desenvuelven no hay sólo un tema legal sino ético. Y la moralidad pública siempre es más grande que la legislación vigente. Así como no podemos tapar el sol con un dedo, tampoco podemos tapar la responsabilidad social de las empresas detrás de un angosto marco legal.

Finalmente, el abogado plantea que existe una posibilidad para que la empresa pueda “colaborar” con la sociedad. Él sugiere que la empresa debe pensar en los beneficios a largo plazo que podría tener una empresa que entiende que sus consumidores quieren comprar productos a una compañía “más humana.” Lo que nos está diciendo es simplemente, “no hay amor al chancho, sino a los chicharrones.” Desde el punto de vista de la moral cristiana, no podemos permitir que un ente social de fabricación humana adquiera características de autista social incapaz de percibir y sentir lo que ocurre a su alrededor. Detrás de las marcas y fachadas de las compañías, de las acciones impersonales y los marcos legales, existe un colectivo de individuos, entre propietarios y cuerpo gerencial, quienes son los que finalmente establecen las políticas y toman las decisiones que le dan vida a la compañía. La condición humana de la empresa es anterior y superior a sus características legales y a sus intereses financieros y de negocios. Por eso, detrás de la caridad con plata ajena hay personas que no quieren que su plata sea usada en caridad. Así de simple.

1. La Tercera, Chile 28.07.06 p.38
2. Department of Trade and Business. Corporate Social Responsibility. May 2004. www.dti.gov.uk

julio 11, 2006

Morir fuera de Casa

11 de julio de 2006

Jorge Arnaldo Hernández Seminario murió el sábado 8 de Julio en Farah, una pequeña población de Afganistán. Él era soldado de la Brigada Paracaidista española que lucha contra los avances talibanes en esas lejanas tierras. Un total de 65 soldados de las fuerzas internacionales han perdido la vida en Afganistán en lo que va del año. Sergio Cid Navarro, Henry Bravo, Fabián Tramolao, Juan Escobar y Bernabé Arto murieron el domingo 9 de Julio mientras trataban de controlar un incendio forestal en el Parque Nacional Estrella de la Montaña en Portugal.

Ni el soldado fallecido era español ni tampoco los brigadistas muertos eran portugueses. El soldado caído era un joven inmigrante peruano y los cinco brigadistas era chilenos contratados para apagar incendios forestales durante el verano europeo. En promedio ellos tenían 25 años, dos eran solteros y los otros cuatro tenían familias con niños pequeños.

¿Qué pudo mover a estos jóvenes a enfrentarse a situaciones de tanto peligro y tan lejos de sus hogares? Quizás fue el deseo de aventura y la necesidad de sentir la adrenalina en el cuerpo. Cansados de los juegos de computadoras decidieron sentir en carne propia el poder de los explosivos, las balas silbantes del enemigo, o el calor del fuego abrasador que sin clemencia quema decenas de hectáreas de bosques. Es posible que la calma provinciana de Piura, al norte del Perú, o de Traiguén y Curinalihue, en el sur de Chile, no les permitiera a estos intrépidos jóvenes llegar al límite de sus energías.

Pero la historia es otra. Todos ellos pusieron en riesgo sus vidas debido a que querían brindarles un futuro mejor a sus familias. Lamentablemente, esto era algo que estos jóvenes no podían conseguir en sus propios países. De enero a mayo de este año, más de 150 mil peruanos han dejado el país para no volver. Ellos se suman a los cientos de miles que ya dejaron el Perú buscando mejores perspectivas en los últimos años. En su gran mayoría los emigrantes son jóvenes que no ven posibilidades para ellos en su propia tierra. Jorge Seminario no soñaba con llegar a ser un comando profesional al más puro estilo de Rambo o Schwarzenegger, sino con darle la mayor seguridad posible a su joven familia en la nueva tierra en la que esperaba prosperar.

La historia de los jóvenes chilenos es muy similar. Chile, a pesar de todos sus avances en materia económica, todavía tiene una cuenta muy grande por pagar en términos de igualdad social y acceso a la riqueza entre los más humildes de la población. Los sueldos que los brigadistas percibían por el mismo trabajo en Chile eran un cuarto de lo que percibirían en Portugal. Ellos se enfrentaron al peligro motivados por la posibilidad de darles una mejor calidad de vida a sus familias.

¿Podríamos acusar a estos jóvenes de ingenuos materialistas que sacrificaron sus vidas simplemente por tratar de obtener un poco más de dinero? Yo creo que no. A primera vista podría parecernos que sólo es un tema de dinero porque nuestra cultura contemporánea ha trivializado el significado del trabajo. Para algunos trabajar tiene que ver simplemente con cumplir con un empleo esclavizante con el fin de obtener los fondos que les permitan disfrutar de la verdadera vida que, por supuesto, está completamente fuera del horario laboral. Para otros, el trabajo se ha convertido en una suerte de asidero para la autoestima personal. Más allá del dinero (que ya es una fuente de satisfacción muy importante), el trabajo es el ambiente en el que se pelean batallas y se ganan medallas. Así, podemos dejar de ser los anónimos Juan, Carolina o Diego para convertirnos en el empresario de éxito, el abogado implacable o el arquitecto innovador que la sociedad reconoce y premia.

El riesgo a los que estos jóvenes se expusieron en sus trabajos no fue producto de la aventura. Ellos eran profesionales en sus respectivos campos con varios años de experiencia. Pero no valoraremos sus trabajos por la ocupación en sí misma sino por la razón por la que ellos estaban trabajando. Ninguno de ellos lo estaba haciendo por simples afanes materiales o egoístas sino para satisfacer las necesidades de sus familias, porque finalmente el trabajo (y esto es lo que hemos perdido) es el esfuerzo voluntario por el bien de los que amamos. Sea un barrendero o un neurocirujano, la valía del trabajo no sólo está en la dificultad o la pericia de la labor realizada sino también en la razón por la que se trabaja. Cada uno de los jóvenes que hemos mencionado tenían delante de sus ojos una tarea por cumplir y también los rostros de los seres que amaban y con los que ellos estaban comprometidos con todas sus fuerzas y hasta las últimas consecuencias.

El trabajo entendido de esa manera vuelve a tener la carga espiritual y cristiana que ha perdido en la superficialidad materialista contemporánea. El trabajo nos identifica directamente con el Dios que trabaja sosteniendo la creación y que nos hace parte de su preocupación por proveer para las necesidades de todas sus criaturas.

Trabajar simplemente para “tener” lo que los demás consideran valioso o importante denigra el significado del trabajo y nos hace esclavos, no del trabajo en sí, sino de nuestros meros apetitos y codicias. El trabajo debe ser satisfactorio no sólo por la labor que realizamos sino por la razón última que nos lleva cada día a la oficina o al taller. Nosotros fuimos creados para trabajar y para hacer de nuestro trabajo una demostración de nuestra filiación con Dios. Por lo tanto, negar la oportunidad de un empleo digno no sólo priva a una persona de una fuente de ingreso sino que también la destruye espiritualmente. El desempleo y el subempleo son problemas sociales y también espirituales que la iglesia debe afrontar. Devolverle al trabajo su categoría espiritual y teológica le repondrá a nuestras vidas el sentido trascendente y divino a las tareas que nos ocupan las mayores y mejores horas de nuestras vidas.

Jorge, Sergio, Henry, Fabián, Juan y Bernabé nos han dejado un ejemplo que no debemos olvidar y que me hace recordar las palabras del apóstol Pablo en su discurso de despedida en Efeso: “No he codiciado ni la plata ni el oro ni la ropa de nadie. Ustedes mismos saben bien que estas manos se han ocupado de mis propias necesidades y de las de mis compañeros. Con mi ejemplo les he mostrado que es preciso trabajar duro para ayudar a los necesitados, recordando las palabras de Jesús: ‘Hay más dicha en dar que en recibir.’” (Hechos 20.33-35).